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Villa San Carlos: Entre el poder institucional y una crisis deportiva que enciende alarmas en su centenario

En Berisso, donde el fútbol no se explica sin la política ni el movimiento obrero, el Club Atlético Villa San Carlos atraviesa una de esas etapas que definen el rumbo de una institución. A cien años de su fundación, el club muestra una solidez institucional poco habitual en el ascenso, pero al mismo tiempo enfrenta una crisis deportiva que amenaza con desdibujar ese crecimiento.

El contraste es evidente. Mientras la dirigencia consolidó su posicionamiento en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y avanzó con obras de infraestructura, el primer equipo quedó atrapado en una dinámica de resultados negativos que lo empujaron a la zona baja de la tabla en la Primera B Metropolitana.

El recorrido inmediato ayuda a entender el presente. Durante 2025, Villa San Carlos encontró cierta estabilidad. Sin brillar, pero con orden, logró mantenerse competitivo, especialmente en el Estadio Gennacio Sálice, donde construyó una localía respetable. El séptimo puesto en el Torneo Apertura reflejó un equipo capaz de pelear, aunque con limitaciones claras: una propuesta ofensiva que no siempre encontraba equilibrio en defensa.

Ese esquema, que ya mostraba fisuras, se desarmó en el inicio de 2026. La decisión dirigencial de avanzar con un ajuste presupuestario profundo implicó la salida de una docena de futbolistas, varios de ellos titulares y referentes. En su lugar, se promovieron juveniles y se apostó por la continuidad del entrenador identificado con el club, Pablo Miranda, en una jugada que priorizó la sostenibilidad económica por sobre la inmediatez deportiva.

Con apenas cinco puntos en ocho partidos, el equipo quedó en la parte baja de la tabla, con dificultades para generar juego, poca eficacia en ataque y errores defensivos reiterados. La falta de experiencia se hizo visible en cada partido. Lo que en otro contexto podía ser un proceso, en el ascenso se transforma rápidamente en urgencia.

Dentro del plantel, la responsabilidad recae sobre nombres puntuales como el capitán Alejo Lloyaiy y los delanteros Alejandro Lugones y Rodrígo Salinas, los únicos capaces de sostener cierta estructura en un equipo en formación. El resto responde a una lógica de apuesta a futuro que, por ahora, no logra traducirse en resultados.

Sin embargo, el análisis del presente de Villa San Carlos no puede limitarse a lo que ocurre dentro de la cancha. La gestión encabezada por Juan Manuel Córdoba construyó en los últimos años un entramado político e institucional que ubica al club en una posición de relevancia dentro del fútbol argentino. Su rol como asambleísta en AFA y su cercanía con Claudio Tapia le otorgan un respaldo que excede lo deportivo y que, en el contexto del ascenso, resulta determinante.

Ese posicionamiento se articula además con una fuerte inserción territorial. La relación con el intendente Fabián Cagliardi y la presencia de dirigentes del club en la estructura municipal configuran un esquema en el que la institución funciona también como actor político. A esto se suma el vínculo histórico con el sindicalismo local, que aporta respaldo social y logístico, consolidando a Villa San Carlos como una pieza central en la vida de Berisso.

En paralelo, la dirigencia avanzó con un ambicioso plan de obras que busca transformar al club desde lo estructural. Mejoras en el estadio, nuevos espacios deportivos y el fortalecimiento de la sede social forman parte de una estrategia orientada a generar recursos propios y proyectar crecimiento a largo plazo. El acceso a financiamiento estatal y la ejecución ordenada de estos proyectos refuerzan la imagen de una institución administrativamente sólida.

En ese contexto aparece la tensión que hoy atraviesa al club: un proyecto institucional que crece y un equipo que no responde. La apuesta por la austeridad y la inversión en infraestructura tiene lógica en términos de gestión, pero encuentra un límite en la dinámica implacable del fútbol de ascenso, donde los resultados definen el clima y condicionan cualquier planificación.

El centenario, que debía ser un punto de celebración, encuentra a Villa San Carlos en una situación ambigua. Fuerte en los escritorios, bien posicionado en la estructura del fútbol argentino, pero vulnerable en el terreno de juego. Y en ese equilibrio inestable se juega mucho más que una temporada: se juega la capacidad del club de sostener su proyecto sin que la crisis deportiva termine por condicionarlo todo.

Porque en definitiva, más allá de la política, la gestión o las obras, hay una lógica que no cambia: el fútbol siempre termina pasando factura.

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