El ascenso de Estudiantes de Río Cuarto en 2025 fue una de esas historias que el fútbol del interior guarda como bandera. Después de 40 años, el club volvía a la Primera División y la ciudad entera se subía a esa ilusión.

Pero el 2026 dejó en claro algo que se repite como ley no escrita: subir es difícil, quedarse lo es mucho más.
Hoy, el equipo pelea por encontrar su lugar en una categoría que no da respiro, mientras el club se mueve en un escenario donde lo deportivo se cruza cada vez más con lo social y lo gremial.
Un equipo que siente el salto
En la cancha, Estudiantes atraviesa un proceso lógico, aunque incómodo. El equipo que supo ser sólido en la Primera Nacional ahora sufre para sostener esa identidad.

El arranque en la Liga Profesional fue irregular. Derrotas, falta de gol y dificultades para hacerse fuerte fuera de Río Cuarto. La goleada ante Atlético Tucumán dejó expuesta la brecha entre competir en el ascenso y hacerlo en Primera.
El director técnico Iván Delfino, ya despedido, apostó a reconstruir desde el orden, pero los tiempos del torneo no siempre acompañan los procesos.

El clima se tensó cuando el presidente Alicio Dagatti salió a cuestionar públicamente el rendimiento del plantel. No fue un mensaje suave: apuntó al compromiso y dejó en claro que la permanencia es prioridad absoluta.
Ese cruce marcó un punto de inflexión. Porque cuando la exigencia baja desde la dirigencia hacia el vestuario, el margen de error se achica todavía más. Tras la salida de Delfino, asumió interinamene Gerardo «Toro» Acuña.

Estudiantes no solo pelea contra rivales más poderosos. También pelea contra su propia urgencia.
El otro frente: gremios, conflictos y vínculos
Pero el partido de Estudiantes no se juega solo en la cancha.
El club mantiene una relación compleja con el mundo gremial. Por un lado, sostiene vínculos históricos con sectores de trabajadores y espacios vinculados a la educación y la vida social de Río Cuarto, donde la institución cumple un rol de contención y pertenencia.

Por otro, la figura de Dagatti —también empresario del rubro cárnico— lo ubica en el centro de conflictos laborales con el Sindicato de la Carne. Reclamos salariales, denuncias y medidas de fuerza marcaron parte del 2025 y dejaron un ruido que todavía persiste.
A eso se suman tensiones con el gremio de prensa local, que denunció presiones en medio de investigaciones sobre la conducción del club.

El resultado es una relación tirante: mientras el club busca sostener su perfil social, su dirigencia queda expuesta en disputas que exceden lo deportivo.
Entre el respaldo político y la identidad del interior
En ese escenario, Estudiantes encontró un respaldo clave en la AFA. El alineamiento con la conducción de Claudio “Chiqui” Tapia le permitió al club posicionarse como parte del proyecto del fútbol federal.
Ese apoyo no solo es simbólico. También implica acompañamiento institucional en un momento donde los clubes del interior necesitan estructura para competir en desigualdad de condiciones.

Estudiantes, en ese sentido, juega una doble carta: representa al interior y, al mismo tiempo, se apoya en la estructura central para sostenerse.
El estadio, el barrio y la pertenencia
Mientras tanto, el Antonio Candini sigue siendo el refugio. El lugar donde el equipo intenta hacerse fuerte y donde la identidad se mantiene intacta.

Las exigencias de la Primera obligaron a realizar obras y mejoras, pero la dirigencia fue clara cuando surgió la posibilidad de mudar la localía a Córdoba capital: Estudiantes quiere jugar en su casa.
Porque en Río Cuarto, el club no es solo fútbol. Es territorio, comunidad y pertenencia.
Un equilibrio frágil
El presente de Estudiantes es un equilibrio delicado. En lo deportivo, necesita resultados para sostener la categoría. En lo institucional, debe administrar tensiones internas y externas. En lo gremial, convive entre la articulación social y el conflicto.

Nada de eso es menor. Todo impacta. Más allá de la tabla, Estudiantes se juega algo más profundo que la permanencia. Se juega consolidar un proyecto que lo llevó desde el ascenso hasta la elite. Se juega sostener su rol en la comunidad. Y se juega, también, ordenar una conducción que hoy está bajo presión.
El desafío no es solo futbolístico. Es integral. Y en ese terreno, el León del Imperio todavía tiene mucho por resolver.
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