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AFA bajo la lupa: la designación de un veedor denunciado expone tensiones políticas, judiciales y el control del negocio del fútbol

La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) atraviesa un nuevo frente de conflicto que excede lo deportivo y vuelve a colocarla en el centro de la disputa política nacional. La decisión del Gobierno de designar como veedor al abogado Agustín Ortiz de Marco, actualmente denunciado en la justicia federal por presunta asociación ilícita, extorsión y coacción en el ámbito del transporte de cargas, abrió un escenario de fuerte tensión institucional y puso en discusión la legitimidad de los mecanismos de control sobre el fútbol argentino.

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La medida, impulsada a través del Ministerio de Justicia que conduce Juan Bautista Mahiques y ejecutada por la Inspección General de Justicia (IGJ), establece una veeduría por 180 días hábiles sobre la AFA. A diferencia de una intervención plena, no implica el desplazamiento de autoridades, pero sí habilita una auditoría integral sobre el funcionamiento administrativo, contable y financiero de la entidad que conduce Claudio “Chiqui” Tapia. El objetivo formal es revisar balances, contratos y circuitos de ingresos en un contexto donde el crecimiento económico del fútbol —impulsado por el éxito de la Selección Nacional— incrementó el volumen de recursos y, con ello, las sospechas sobre su trazabilidad.

El antecedente de Ortiz de Marco en la CATAC

Sin embargo, el foco del conflicto rápidamente dejó de estar en la AFA para trasladarse a la figura del propio veedor. Ortiz de Marco, un abogado especializado en derecho corporativo, compliance y gobierno societario, llegó a este rol tras haber sido designado meses antes como interventor de la Confederación Argentina del Transporte Automotor de Cargas (CATAC). Allí, su tarea era encabezar un proceso de normalización institucional tras detectar irregularidades administrativas. Pero ese proceso derivó en una denuncia penal que hoy condiciona su presente.

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La causa, radicada bajo el expediente CPF 5265/2025 en la justicia federal, fue impulsada por un grupo de transportistas de la zona de Arrecifes y Pergamino. En la presentación, los denunciantes sostienen la existencia de una estructura organizada que durante años habría operado bajo un sistema de control de cargas, cobros indebidos y exclusión de trabajadores que no se alinearan a determinadas condiciones. Según esa denuncia, Ortiz de Marco no solo no habría desarticulado ese esquema durante su intervención en CATAC, sino que habría permitido su continuidad bajo un aparente proceso de normalización.

El núcleo de la acusación describe un mecanismo basado en el monopolio de la carga en plantas clave —como la de la multinacional Cargill—, donde el acceso al trabajo estaría condicionado al pago de “retornos” o porcentajes del flete. A eso se suman denuncias por coacción, manipulación de turnos y sanciones informales a quienes se negaban a participar del sistema. En ese contexto, el rol del interventor es señalado como determinante, ya sea por acción u omisión.

Este antecedente es el que hoy genera ruido en el mundo del fútbol. Porque la misma persona que debe auditar la transparencia de la AFA enfrenta una investigación por su desempeño en otro proceso de intervención estatal. La contradicción es evidente y abre interrogantes sobre la solidez jurídica de la veeduría.

AFA cuestiona la legitimidad del control

Desde la conducción de la AFA la respuesta fue inmediata. La entidad calificó la medida como una avanzada política y cuestionó la legitimidad del control. En el entorno de Tapia sostienen que no se trata de una auditoría técnica sino de una herramienta de presión en una disputa más amplia por el manejo del fútbol argentino. Incluso, se evaluaron alternativas administrativas para limitar la jurisdicción de la IGJ, en una jugada que evidencia el nivel de tensión.

Detrás de este conflicto aparece una discusión de fondo: el control del negocio del fútbol. La AFA administra hoy ingresos millonarios derivados de derechos televisivos, contratos comerciales y acuerdos internacionales. A eso se suman nuevas estructuras como desarrollos educativos y alianzas estratégicas que amplían el alcance económico de la institución. Es ese flujo de recursos el que el Gobierno busca auditar, pero también el que la conducción del fútbol defiende como parte de su autonomía.

La veeduría apunta, entre otros aspectos, a revisar contratos con empresas privadas, analizar la estructura financiera de proyectos paralelos y verificar el cumplimiento de obligaciones fiscales y previsionales. También se busca seguir la ruta del dinero generado por derechos audiovisuales y su distribución entre los clubes. Son áreas sensibles que históricamente estuvieron bajo cuestionamiento y que ahora vuelven a escena.

Pero la figura del veedor introduce un elemento de inestabilidad. La coexistencia de una causa penal en trámite con un rol de control institucional plantea un riesgo concreto: que cualquier informe elaborado pueda ser impugnado. En términos jurídicos, si se comprobara la falta de idoneidad o un conflicto de intereses, las actuaciones podrían perder validez. Esto no solo afectaría a la AFA, sino que impactaría directamente en la credibilidad del Ministerio de Justicia y de la IGJ.

AFA: El dilema que enfrenta el Gobierno

El escenario se vuelve aún más complejo si se considera el posible avance de la causa judicial. Los querellantes solicitaron medidas procesales que incluyen citaciones a indagatoria y el reconocimiento formal como parte en el expediente. Además, pidieron resguardar su identidad por temor a represalias, lo que da cuenta del nivel de tensión que rodea el caso.

En paralelo, la mención de una empresa multinacional como Cargill dentro de la denuncia agrega un componente de alto impacto. Según la presentación judicial, la compañía habría operado dentro de este esquema al canalizar la asignación de cargas a través de estructuras cuestionadas, lo que podría derivar en responsabilidades empresarias. Aunque este punto deberá ser probado en la justicia, introduce un actor de peso en una causa que ya tiene implicancias políticas.

En este contexto, el Gobierno enfrenta un dilema. Sostener a Ortiz de Marco implica asumir el costo de respaldar a un funcionario cuestionado en tribunales. Removerlo, en cambio, podría debilitar la estrategia de control sobre la AFA y abrir un nuevo frente de conflicto institucional. Es un equilibrio delicado en un terreno donde cada movimiento tiene consecuencias.

Cautela en AFA

La AFA, por su parte, se mueve con cautela. Si bien rechaza la veeduría, sabe que el margen de maniobra es limitado. El fútbol argentino depende en gran medida de su relación con el poder político, tanto a nivel nacional como internacional. En ese tablero, la confrontación abierta puede tener costos, pero la pasividad también.

El caso expone, una vez más, cómo el fútbol argentino funciona como un espacio donde confluyen intereses económicos, políticos y sindicales. La figura del veedor, lejos de ordenar, termina reflejando esas tensiones. Y en ese cruce, la transparencia queda en un segundo plano frente a la disputa por el control.

Hoy, la AFA está bajo auditoría, pero también en posición de cuestionar a quien la audita. El Gobierno intenta avanzar sobre una estructura históricamente autónoma, pero con herramientas que generan dudas. Y en el medio, una causa judicial que puede redefinir el escenario.

El desenlace de este conflicto no solo impactará en la conducción del fútbol argentino. También marcará un precedente sobre hasta dónde puede llegar el Estado en el control de las asociaciones civiles más poderosas del país. Porque, en definitiva, lo que está en juego no es solo la administración de un deporte, sino el manejo de un negocio que mueve millones y define cuotas de poder.

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