El 30 de marzo de 1982 quedó grabado en la memoria del movimiento obrero argentino como el momento en que el miedo cambió de lado. A 44 años de aquella jornada, la figura de Saúl Ubaldini emerge como el símbolo de un sindicalismo que, tras años de persecución, desapariciones y cárceles, logró unificar el descontento social en un grito ensordecedor contra la dictadura a través de la Confederación General del Trabajo (CGT).

Desde el inicio de la dictadura en 1976, los trabajadores fueron el blanco principal de la represión, con el objetivo de desmantelar sus organizaciones sindicales. Sin embargo, la resistencia nunca se apagó. Ya en 1979, Ubaldini había encabezado el primer paro general, logrando que el mundo pusiera sus ojos sobre la situación de los dirigentes gremiales presos en Argentina.
La fractura sindical y el camino a la Plaza
Hacia finales de la dictadura, el sindicalismo se dividió en dos vertientes: la «CGT Azopardo», proclive a una concertación con el régimen, y la «CGT Brasil», liderada por Ubaldini, que mantenía una postura de confrontación abierta. Esta última fue la que, en noviembre de 1980, llamó a deponer intereses sectoriales para recuperar la plena vigencia de la central obrera.
El preludio de la gran marcha fue la movilización a San Cayetano el 7 de noviembre de 1981. Bajo la consigna «Paz, Pan y Trabajo», una multitud se congregó en Liniers, fusionando el reclamo laboral con la Pastoral Social de la Iglesia Católica. Fue el ensayo necesario para lo que vendría meses después.

El 30 de marzo: «Luche y se van»
Aquel martes de 1982, la dictadura, entonces encabezada por el general Leopoldo Fortunato Galtieri, intentó prohibir la marcha alegando falta de autorización y riesgos a la seguridad pública. El despliegue represivo fue inédito: el centro porteño fue sitiado, el Puente Pueyrredón cortado y se movilizaron carros de asalto e infantería del régimen de facto.
A pesar de las amenazas, cerca de 50.000 trabajadores y jóvenes coparon las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Durante seis horas, la ciudad fue una batalla campal. Un dato distintivo de aquella tarde fue el apoyo civil: desde los balcones de las oficinas del centro, los «cuellos blancos» arrojaban proyectiles a la policía para defender a las columnas obreras.
La protesta se nacionalizó con fuerza en otros puntos estratégicos:
- Mendoza: La represión de la Gendarmería asesinó al sindicalista textil José Benedicto Ortiz (también identificado como Dalmiro Flores en otros registros de la jornada).
- Rosario: Dos mil trabajadores desafiaron al régimen en el centro de la ciudad.
- Córdoba: El Ejército patrulló con vehículos militares ante el temor de un nuevo estallido popular.
- Neuquén, Mar del Plata y Tucumán: Se registraron cientos de detenciones por repudiar al gobierno dictatorial.
El balance de una jornada épica
Al caer el sol, el saldo era de aproximadamente 3.000 a 4.000 detenidos en todo el país, incluyendo al propio Ubaldini y al Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel. Aunque la dictadura intentaría apenas 48 horas después recuperar legitimidad con el desembarco en las Islas Malvinas, el muro de silencio se había roto definitivamente.
Ubaldini recordaría años más tarde esa jornada como la «más maravillosa», comparando su valentía con la del histórico 17 de octubre, hito fundacional del peronismo. El 30 de marzo de 1982 no fue solo una protesta salarial por la crisis económica, fue la huelga política que anunció el colapso de un régimen agotado.

El documento de la ruptura
El 16 de marzo de 1982, días antes de la movilización, la CGT Brasil pretendía entregar un documento al dictador denunciando el estado de miseria de los trabajadores. Tras la represión del 30, la central obrera emitió un balance donde afirmaba que el proceso militar estaba en «desintegración y desbande», exigiendo una transición inmediata a la democracia.
Si bien la guerra de Malvinas forzó una tregua temporal bajo el lema «Primero la Patria», el sindicalismo mantuvo su firmeza. Ante la invitación de los militares para viajar a las islas, la CGT respondió con ironía: «Los subversivos de ayer somos los patriotas de hoy», aclarando que su apoyo a la soberanía no modificaba su rechazo absoluto a la dictadura.
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